viernes, 3 de abril de 2009

El personaje este y la justicia de bar

Eran cerca de las ocho de la mañana, yo estrenaba resaca de lunes. Me dirigía al Sorocabana por un café. Mis ojeras y mis ojos entreabiertos daban a entender que no seria un buen día. En esas épocas trabajaba en una verdulería que detestaba, cuyo dueño era un viejo adinerado que detestaba aun mas.
No faltaban más de 20 metros para llegar al bar, donde me esperaba el elixir para la resurrección, cuando de la nada misma apareció un perro negro, del tamaño de un pony. El jodido animal no paraba de jadear, gruñir ladrar y demás alharacas para impartir miedo. No a mí. Yo he sido golpeado por gorilas de bar que pesaban cómodamente dos veces lo que este animal, pero por las dudas estudie el escenario. Junto a un tacho de basura había unas maderas que bien podrían ser utilizadas para investigarle el interior y librarme de esta bestia molesta. Lo mire, el bicho seguía ladrando, pero seguí hasta la mesa de afuera. Esa en la que nunca había dejado propinas para el mozo, que siempre preguntaba ¿como esta amigo? Jamás le respondí, porque no éramos amigos y porque con ver mi cara uno podía darse por enterado de mi estado.
Cuando faltaban 5 metros para llegar a mi sitio, un viejo patán que llevaba colgando del brazo a una veinte añera ocupo mi lugar.
Ni bien me senté, lo más cerca posible de mi mesa, el jodido viejo comenzó a gritar exigiendo la presencia del mozo. Ya llevaba dos malos pasos, en un camino muy corto y estrecho, el de mi humor un lunes de resaca.
Champán mozo, champán! no paraba de gritar.
Faltaba poco para mi cambio de humor, que normalmente iba de malo a pésimo.
Se acerca el mozo, al arrimarse a la mesa, me mira, me reconoce y se me acerca primero. Ordeno lo mió, al tiempo que el viejo con un look a lo Moyano vocifera: ¡Que, en este bar son sordos o pelotudos!
Cada grito es una puntada en mi cabeza, eso me detiene de levantarme a ajusticiarlo. El mozo, con una mirada que no hace más que pedir perdón, se aleja de mi mesa para irse a la contigua. Demora 20 minutos en explicar que ese bar no se sirve champagne, y menos a esa hora.
Yo debía estar en la verdulería a las 9 de la mañana, que era la hora a la que llegaban los proveedores, cosa que nunca pasaría, debido a mi vecino de silla, que no paraba de quejarse. La jovencita permanecía inmóvil, y de vez en cuando me convidaba una mirada.
No tenia largas piernas, ni un culo que hacia temblar de emoción a las sillas, pero que tetas. Tenia unos senos que desbordaban del vestido rojo que la contenía, y hacían que cada mirada valiera el doble. Yo no estaba ni para fantasear, no servia ni para despojo humano.
Pasaron 40 minutos desde que me senté, se acerca la bandeja, que era lo que importaba. Llevaba dos cafés, un cortado en jarrito y tres medialunas.
El primero de los cafés fue para mí.
El cuarentón se enojo nuevamente, quería ser atendido antes que nadie. Yo lo único que quería era alejarme, por lo menos hasta ese momento.
Mi silla estaba enfrentada a la calle, mirando hacia el banco que esta cruzando la calle Buenos Aires, de modo que cuando no soportaba mas al factor insoportable de esta pareja, giraba sobre la silla y me ponía a ver las palomas en la plaza.
La chica pidió amablemente al señor que sacase la mano, el señor largo una risa socarrona. A mí me quedaba poco más de medio café, empezaba a ser yo nuevamente. Busque en mis bolsillos la etiqueta de cigarros, quedaban dos, que estaban tan doblados que parecían una obra de Dalí. Busque el encendedor, pero no lo encontré. La gente tiene la maña de hacerse de mis encendedores, y yo la de no darme cuenta de que son míos.
El mozo estaba demasiado lejos como para venir, no me quedaba otra que pedir fuego a la concurrencia, que no eran más que estos dos.
La niña busco en su bolso, que era apenas unos centímetros más grandes que mi bolsillo, en el que no me entraba la mano. Se inclino, y me lanzo una llamarada a centímetros de la cara. Encendí el puto cigarro y ella se alejo sin quitarme la mirada.
El viejo se molesto. ¿Te gusta el señor, pendeja puta? decía en un tono de voz elevado. La jovencita miraba a la mesa y no emitía sonido alguno.
Yo entre pitada y pitada, y con el café puesto, resucitaba cada vez más; y la sangre me hervía.
Llamo al mozo y pido la cuenta. El mozo se aleja. El tipo sigue gritando.
El problema con este tipo de personas, es que creen que por tener dinero, autos y pendejas, creen que las manos duelen menos. Y hasta donde yo se, a no ser que estén literalmente forrados en dinero, no es así.
El tipo se calla la boca y la niña levanta la cabeza. Volvió la calma, y con ella el mozo y mi cuenta.
Termino mi cigarro y me levanto para irme. A los pocos pasos, escucho gritos nuevamente, pero eran de mujer. Tracciono la mandíbula e intento mantenerme alejado de los problemas, camino un poco mas.
Cuando llego al lugar a donde estaba el perro, escucho gritos nuevamente. Giro y me doy con que el tipo tenía a la chica del vestido rojo tomada por la nuca, y le estaba metiendo a la fuerza una medialuna en la boca. La chica gritaba y hacia arcadas, el tipo reía.
Mire para todos lados, nadie hacia nada, solo miraban y seguían caminando. Gire para ver si no habría algún policía cerca, pero nada. Mejor para mí.
Tome la madera, que en un principio había medido para golpear al perro y me acerque. El mal nacido no cesaba, la chica a estas alturas vomitaba.
Llegue a la mesa, mire al tipo a los ojos, pero no pasaba nada, con una sonrisa burlona me desafió, no te conviene meterte en esto pibe, seguí caminando. Yo estaba muy lejos de eso, primero porque ya era tarde para ir a mi trabajo de mierda, y segundo porque la jovencita estaba que no entraba en el vestido, y el tipo la estaba arruinando en mis reacuerdos.
Agarre la mano del sujeto, que con sus propios anillos consigue hacerse sangrar, y los dorados comenzaron a transformarse en bordó. Hay que joderse con estos tipos de aspecto sindicalista y todos sus anillos, ¿para que los tienen si son tan molestos?
Soltó a la chica. Ahora el que reía era yo, pero el tipo todavía ni suplicaba ni paraba de decirme en el enredo que me estaba metiendo. Yo respondí que había salido de bretes peores, que mi mama era italiana de las que criaban a los golpes.
El tipo soltó las medialunas y esbozo un golpe, pero no fue mas que un intento. Comencé a sentirme vivo, no mas resaca ni puntadas en la cabeza. La sinfonía de los gritos me place. Entendí que la madera era demasiado, así que la deje caer al lado de la mesa.
Ahora con una mano libre, y la otra a medio ocupar, me dispuse a divertirme.
Levanté el brazo, al punto de que el imbecil viera como cerraba el puño. Sus ojos cambiaron, la expresión de su cara cambio. Yo ya había olvidado a la chica.
Baje con violencia el puño, apuntándole a la boca. A esos dientes postizos agarrados con alambras dorados, pero no le pegue. Frene el puño a escasos centímetros de la nariz, y la agarre. De a milímetros fui girando la mano, pude sentir como se iba desordenando por dentro, al tiempo que brotaba el relleno de su interior. Más gritos.
Los mozos estaban congelados mirando desde el interior, sabían que el tipo lo merecía, y deseaban ser ellos los que le propinaban la paliza.
Con la mano y cara ensangrentadas, dio dos pasos hacia atrás, quedando cerca de la vidriera. Los mozos agitaban los brazos, pidiendo que no destrozara el local.
Tome al tipo por la campera. Era un cuero de muy buena calidad, pero no me gusta el marrón, así que se la deje, por lo menos por el momento.
A modo de broma, amague con tirarlo contra el vidrio, que media poco mas que yo de alto, y cuando los mozos se tomaron la cabeza con ambas manos, cambie el rumbo y revolqué al tipo por la calle. Ya estaba en el piso, así que después de propinarle unas tímidas patadas en el rostro me aleje, dirigiéndome hacia la chica. Después de las preguntas y comentarios de rutina, y aparentemente de modo desubicado, anote mi dirección en una servilleta e invita a la joven a pasar por mi casa y cocinarme algo.
Debo haber llegado al trabajo cerca de las 11 de la mañana. En mi lugar encontré a un muchacho flaquito, con más barba que carne, con mi delantal puesto. Mi presencia lo incomodo, así que tome un calabacín, por las dudas la chica fuera a casa a cocinar, y me largue.
A las 2 de la mañana me di por vencido, tire el calabacín a la basura y destape la única ginebra que me quedaba.
Al día siguiente me encontré en el bar, la chica nunca se presento. Los mafiosos nunca me buscaron, pero por lo menos tome café gratis un día, y los mozos me tenían como héroe.
Debería haberme quedado con la campera, podría haberla teñido.