viernes, 3 de abril de 2009

El pata de lana

Me mira, le brillan los ojos. Agarra el picaporte con la estupida ilusión de que la puerta abrirá.
No soy tan estupido como para no cerrar con llave y guardármelas en el bolsillo. Me acerco de a poco, mirándolo fijo. Los gritos no me van a detener, ni los tuyos ni los de nadie.
Siento que me cuesta mover la cabeza para los costados, siento crujir los nudillos y esto se pone bueno.
Quiero que te mueras. Te quiero matar con mis manos y sentirlo. Disfrutarlo.
Al ritmo de los latidos de mi violencia, se me acaba la carrera, a un metro de distancia le lanzo la primer patada, que le aterriza justo en la entrepierna, dando la escena perfecta para la serie de rodillazos que me hacen sentir como revienta su nariz en mi rodilla. La marca de la sangre promete ser indeleble.
Al grito de ¡Que mal señor, a usted le parece! me dispongo a seguir pateándolo, aunque este en el piso. Lo hago.
Ay dios, como me hierven las venas, que bueno se siente esto.
Con las dos primeras patadas, se queda sin aire, la cabeza pierde fuerza, los músculos del cuello pierden consistencia, y termina con la nariz en el charco de su propia sangre.
¡No te ahogues! le grito, y para sacarle la cara del enchastre, lo acomodo con una sutil patada a la boca.
Oh señor, como sangra este cristiano. Gracias por este momento.
Parece intentar toser, pero mi objetivo es claro y conciso. Te quiero ver muerto, me escuchaste?
Y vuelvo a mi labor.
Vuelvo la cabeza. Aunque este mal, voy a seguir. Aclaro las cosas.
Un hombro con cada rodilla, el peso de mi cuerpo le oprimirá el pecho, solo hasta que yo lo crea necesario. Aprovechando la indumentaria, le pongo sus propios anteojos, y me encargo de que me vea. Mientras puede.
Agarrándole el flequillo con la mano izquierda, espero que me vea a la cara, porque lo peor todavía no empezó.
La derecha, libre, tiembla pidiendo acción. Allá vamos.
Con el primer golpe, el vidrio izquierdo se parte en 8. El tiene dos partes dentro del ojo. Yo tengo una en un nudillo, como arde, carajo!
No vamos a parar, porque seguís vivo, y todavía pareces una persona, se entiende viejito?
Lo que le queda de parpado después de la serie de golpes, no creo que le sirva. Al otro ojo lo vamos a trabajar con el talón. Esta es una imagen prometedora.
No fueron más de ocho golpes. Por fin dejo de pedir por su hijo, por su vida y por favor.
De tanto en tanto le pateo las costillas, para ver si todavía se mueve.
Efectivamente, así que seguiremos.
Escuchame! ¡Cerrá la mano!
Y cuando la cerro, la pise cual cucaracha de sótano. En mi vida había escuchado los huesos de una persona tronar de tal modo. Cuanto mas se retuerce, mejor me siento.
De cuando en cuando vuelvo la cabeza. Me cuesta conmoverme.
Aprovechando lo glorioso de los borcegos, sigo cayéndole de a patadas, cada vez mejor repartidas, para distribuir el dolor.
Finalmente y mirándole a los ojos, girando la cabeza; tomo la garganta con una mano y empiezo a presionar. Siento como me corre la sangre por la mano, entre el dedo índice y el mayor, que cada vez se acercan más a estar dentro de su cuerpo. Abrió la boca para tomar el último suspiro. Dicen que lo ultimo se pierde es la esperanza.
Termine mi trabajo. Me levanto, giro y me quedo parado un segundo. Encogido de hombros digo: Lo único que quería era demostrar un punto.
Lo único que veo es pánico, rechazo y lagrimas. Una lastima, porque fue un momento tan grato.
Saco las llaves del bolsillo, salto los restos del señor, y tras dos vueltas de llave, dos pisos de escalera y dos puertas, estoy en la calle.